Rara y los agujeros

ranas

Por. Cecilia Vélez.

Periodista independiente.

La puerta que me separa de Rara es blanca y tiene un sticker con una rana de cuatro ojos que parece mirarme sin importar a dónde vaya. Como está al lado del ascensor, supongo que este curioso personaje que hace parte de su logo, se la pasa observando los jóvenes de distintas locaciones del país que vienen a estudiar a la Universidad de Antioquia, institución a la que los 8 miembros de este Colectivo Audiovisual miran desde un balcón en el piso 12 del edificio en donde está su oficina.
Toco la puerta discretamente y sale a abrir un chico serio y de nariz afilada. “¿Jaime?”, le pregunto. “Sí, dale, adelante”, me dice con gesto amable. El lugar huele a café. Jaime me guía hasta una mesa azul en donde hay otras cuatro personas trabajando, cada una en un lado distinto de la mesa, con sus portátiles, pocillos, lapiceros y cuadernos.
Jaime hace la tarea de presentarme a cada uno: Juan Pablo, un chico de barba y cejas tupidas que juega con un baloncito pequeño dibujado con un mapamundi; David, que tiene dos trenzas largas y los pantalones doblados porque llega en bicicleta al lugar; Mariana, que mira la pantalla de su computador y de repente cambia su atención a la página de un libro que tiene abierto en la mano y Catalina, una chica de pelo rojo y crespo que me ofrece un tinto. Acepto la oferta y comienzo mi tarea de encontrar qué hacen aquí.
Los demás personajes aún no han llegado. Al lado de la mesa hay dos escritorios de madera que luego ocuparán los que faltan: Karol, Andrés y Camilo, según mis cálculos.
La primera pregunta que me hago es qué reúne 8 jóvenes en un apartamento pequeño por 8 horas diarias al lado de una calle ruidosa como es Barranquilla, pero desisto de hacerla en voz alta porque todo en la oficina lo responde. En la pared del frente hay un enorme afiche de “La sirga”, película colombiana dirigida por William Vega; en la pared derecha cuelga un tablero blanco donde se repite la palabra cine en medio de diferentes frases; y en la pared izquierda, hay un calendario tamaño gigante donde están nombrados los cortometrajes y largometrajes en los que trabajan actualmente. Los trae aquí el deseo de hacer cine.
Comienzo preguntando entonces qué tan difícil es crecer en esta industria dentro del panorama actual en Colombia. Los chicos intercambian miradas hasta que la pelirroja comienza a hablar. “Es difícil. Hay mucha incertidumbre, no es fácil conseguir dinero pero creemos que este es un buen momento para la industria por las leyes de cine vigentes”. De nuevo es mi turno: “¿Sólo están haciendo proyectos de cine?”. Esta vez responde David: “Sí, pues… estamos intentando. A veces hacemos proyectos de otro tipo para clientes, pero siempre tienen que ver con formatos de cine. Hacer tres cortos y escribir dos largos necesita tiempo… y la idea es dedicárselo”.
Alguien toca la puerta. Todos de repente se llevan un dedo a la punta de la nariz. Mariana es la última en hacerlo así que ella va a abrir. Entre risas por el juego que inventaron para decidir quién se para a abrirle a los recién llegados,  conozco a los raros que entran: Andrés, un chico rubio que viste una impecable camisa de botones y Karol, adornada en el pecho con una bandada de pajaritos tatuados. Andrés muestra una “Golosía” (un pan con arequipe dentro) a los demás que se alegran de verla. Me explican que cada día juegan a adivinar una frase de una película o algo dicho por un director y el ganador de hoy se llevará el añorado dulce. Esta actividad de “la frase del día” los emociona y Juan Pablo me dice que tratan de no repetirse e intentan divertirse en lo que hacen diariamente.
Si mis cuentas no van mal falta un raro del que aún no sé: Camilo. “¿Y Camilo dónde está?”. Responde Jaime: “Pues esta casa es de él, pero Camilo está trabajando en Universidad de Antioquia Televisión. Yo también trabajaba allá pero renuncié para trabajarle a Rara. Él todavía está en ese proceso”. Mi estómago se contrae al ver que esto no es nada sencillo.
“¿Qué les parece lo más gratificante de este proceso en Rara?”. Karol dice que es lo que quieren hacer y por eso lo hacen. Andrés afirma que lo más gratificante es que están trabajando en contar sus historias.
“¿Y todas las historias son similares, es decir, hay como un sello de Rara?”. Mariana comenta que no lo hay a propósito, que todos son muy distintos y por eso hacen cosas distintas pero hay quienes dicen que tienen un aire similar.
El día pasa. Cada chico va a las labores de los departamentos que han establecido: Escritura, Desarrollo y gestión; y Producción. Reciben llamadas, algunas más alentadoras que otras: un cliente pide una lista de correcciones enorme , discuten qué hacer; más tarde un cliente afirma que sólo quiere trabajar con ellos en un documental, discuten nuevamente, un Festival los ha embaucado para venderles un curso en Vancouver, esta noticia no se discute, sólo se digiere. En medio de todo hablan de las historias en las que trabajan: “El filtro del café”, “Acéfalos” y “La visita”. Los directores reciben comentarios, hay que mejorar esto o lo otro. Los raros cambian de posición con el día, se reúnen en pequeños grupos a veces como departamentos, otros como escritor y asesor, y finalmente todos vuelven a sus puestos.
Mi visita se acerca al final. Los chicos se despiden con amabilidad y acordamos un nuevo encuentro en el lanzamiento de “Acéfalos”. Al salir, vuelvo a mirar la rana y le deseo larga vida a sus cuatro ojos a pesar de las preocupaciones que me acechan.
Como todas las empresas nacientes Rara corre el alto riesgo de no permanecer en el tiempo. A pesar de que hacer cine en Colombia tiene ayudas del Estado (especialmente la Ley 814 y la Ley 1256), y hay compañías que ya han logrado vivir del cine (Dynamo, 64 A Films, entre otras) hay muchos posibles agujeros en dónde caer: un público que no va a ver las películas, un sector poco agremiado, una formación poco profunda en la ciudad. A diferencia de Bogotá y Cali en Medellín no son tan comunes las iniciativas que persiguen hacer cine únicamente. Me pregunto entonces si un proyecto como Rara será capaz de encontrar su camino hasta las pantallas o la rana de cuatro ojos cerrará sus párpados para no mirarnos más. Mi apuesta es que sí lo lograrán. Supongo que quiero creerlo motivada por el empeño de los 8 chicos que hoy, como todos los días, están trabajando alrededor de su mesa azul, con la fuerza de alguien movido por una vocación.

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